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Sardinera

Writer: Zaimeé Bonilla
Zaimeé Bonilla
1 minute ago
4 min read
De izquierda a derecha: Mami, mi hermano Javier, mi primo Jonathan y yo montada en la tabla con mi flamante bañador de Sesame Street. Circa 1985 (más o menos)
De izquierda a derecha: Mami, mi hermano Javier, mi primo Jonathan y yo montada en la tabla con mi flamante bañador de Sesame Street. Circa 1985 (más o menos)

Qué va uno a saber de chiquita que aquellos viajes a la playa iban a ser una fantasía de la que me agarraría la vida entera… Allá, metida entre las montañas de Naranjito, viendo desde lejos la entrada y salida de cruceros a la bahía del Viejo San Juan, soñaba a diario con aquellos días de verano en los que nos llevaban a la playa. Los añoraba, como los añoro ahora, lo único que de niña todo se vivía con mayor intensidad.


Tuve la dicha de crecer en una familia que amaba el mar, su esencia y todo lo que le rodea. No vivíamos cerca, pero creo que no hacía falta; entre mis abuelos viviendo en Río Piedras y mi papá trabajando en Isla Grande, teníamos una dosis bastante decente de salitre. Pero verlo de lejos nunca era suficiente, por eso en verano mami planificaba los mejores días de playa del mundo mundial. 


Lo principal era escoger el día. Tomando en consideración que por allá por los 80's no había mucha forma de precisar el estado del tiempo más que rogarle a Dios que aquel día adorado llegara acompañado de un sol intenso y no de una lluvia torrencial. Sin cargar mucha cosa, sólo con lo estrictamente necesario, comenzaba mi madre la faena de preparar las cosas desde la noche anterior. Varios bultos, una neverita, una sábana, un galón de agua, y cualquier otra cosa que pudiera hacer falta.


Aquella mañana era mágica. Usualmente no podía dormir la noche anterior por la felicidad tan intensa que hoy identifico como pura ansiedad. Contrario a otras familias que iban a la playa por docenas, la mía era pequeña. Con mi papá éramos sólo cuatro, por lo que mi mamá preparaba un termo lleno de hot dogs que mantenían su calor hasta el momento de comerlos. En otras circunstancias nos habríamos llevado un caldero de arroz con pollo, y toda la parafernalia, o como aquellos que empacaban hasta el BBQ con todo y carbón, hamburgers y hasta pinchos para cocinarlos allí en plena arena.


Una vez estaba todo empacado, nos montábamos en el carro a recorrer aquel camino maravilloso lleno de árboles. Aún cierro los ojos y recuerdo la plenitud de aquel momento. Pegada de la ventanilla del carro, admiraba el paisaje como queriendo retenerlo conmigo. Al frente mis padres hablaban de lo que fuera mientras que la radio tocaba las canciones inolvidables favoritas de mi papá. Del otro lado del asiento, mi hermana hacía lo mismo que yo, aunque a veces dormitaba o simplemente buscaba la manera de molestarme. 


A pesar de ser una isla con montones de playas, el destino era siempre el mismo: Sardinera en Dorado. Como siempre llegábamos temprano, perseguíamos a mi mamá, que ataviada en su traje de baño, buscaba el lugar perfecto para colocar nuestras pertenencias. El plan era pasar el día allí, y ella hasta estudiaba el patrón del sol para de ninguna manera perder la sombra de las palmeras. Aún con la ropa puesta me acercaba a la orilla para admirar la inmensidad del mar. Con una playa aún vacía, se podía contemplar el patrón de las olas en la arena. Diminutas dunas que mantenían aún la suavidad del movimiento del agua. Yo con mis pies descalzos buscaba no perturbar el regalo de la naturaleza que aún a mi edad me deleita.


Protector solar, camiseta, gorra… no nos metía al agua vestidas porque no se podía. A mi la verdad no me importaba, me zambullía de cabeza aunque muy adentro de mi tenía aquel miedo irracional de que me mordería un tiburón. Aquel primer encuentro con el agua siempre, siempre me recordaba a la primera escena de la película Splash, en la que Tom Hanks de niño cayó al agua y fue rescatado por una pequeña sirena Daryl Hannah que nunca pudo olvidar. Yo era aquella sirena, de eso no cabía duda.


Y así transcurría el día entre el sol, las olas y la arena, recoger caracoles en la orilla y caminar hasta el arrecife que en la marea baja dejaba al descubierto pequeñas piscinas de agua cristalina donde veíamos erizos, cangrejos y cobitos de diferentes tamaños. Ya para el mediodía nos picaba el hambre y mami sacaba el termo color arena con los hot dogs aún calientitos y nos sentábamos a almorzar. De postre, unas galletas de avena que contrastaban perfectamente con el salado del mar.


Cuando caía la tarde, nos llamaban a recoger para emprender el viaje de regreso. Nos llevaba mami a las usualmente descompuestas duchas en las que nos lavaba hasta la cabeza con un shampoo que manejaba llevar entre sus cosas. Allí, con las chanclas puestas, nos exponía a la vergüenza de bañarnos en plena playa, con el traje de baño, desde luego. Lo único que me tranquilizaba era que mi hermana y yo no éramos las únicas, pues otros niños pasaban por el mismo penoso proceso.


Debidamente bañadas y vestidas, montábamos todo de vuelta al carro y nos despedíamos de aquel pedazo de paraíso que para algunos no era más que un vulgar balneario, pero para mí era la materia con la que construía mis sueños de verano. Pero el camino de vuelta no podía terminar bien si no parábamos por un bucket de pollo frito de KFC. Y si usted sabe a lo que me refiero, ya se puede imaginar el famoso combo familiar que hasta toalla de playa incluía. Y así, con la cena empacada entre los pies de mi mamá, nos parábamos a la orilla de la carretera a disfrutar de aquel manjar. Era una mezcla maravillosa entre el cansancio, la delicia de la comida y los árboles dándonos resguardo.


Yo no sé cómo habrán sido sus días de playa en la infancia, pero los míos siempre fueron extraordinarios, y guardo esos recuerdos con mucho celo porque fueron, son y serán siempre parte de la mujer que soy.




 

 
 
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