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Arquetipo verde

Writer: Zaimeé Bonilla
Zaimeé Bonilla
23 hours ago
3 min read

Margarita tenía un vivero de plantas a la orilla de la carretera. Era una mujer pequeña, alegre, con el pelo canoso, y siempre andaba con un mandil puesto donde llevaba los dólares y las monedas. Vestía con comodidad y nunca le molestaba llenarse las manos de tierra, presumo porque aquella era su pasión y cuando a uno algo le apasiona, nada molesta.


Es imposible recordar mi primera vez allí. No era una tienda, no tenía paredes ni ventanas. Era prácticamente imposible bajarse uno a comprar plantas en plena lluvia, porque aquel rudimentario vivero en la falda de la montaña tampoco tenía techo, y mucho menos caja registradora. A todos recibía por igual como el que, literalmente, sale de su casa a atender a los clientes y luego de la venta se regresa a ver la telenovela. 


Abría todos los días, o por lo menos eso creía yo, y el pueblo completo la conocía como la señora de las plantas cuyo nombre irónicamente era el de una de ellas. Mi mamá siempre ha sido ¨plantera¨ al igual que abuela Crucita, Titi Goya, y otras tantas mujeres de la familia, pero imagino que viviendo en el campo era una de esas cosas que pasan por default. Fue así como de alguna forma me vi caminando desde niña por el vivero de Margarita quien tenía de todo un poco, desde helechos hasta cactus, y daba recomendaciones como quien lleva la vida entera en el oficio y sabe de lo que está hablando.


En el tiempo de Navidad llenaba todo el frente de su casa con pascuas grandes y hermosas. Yo no sabía si ella las cultivaba o si alguien se las llevaba como mercancía. Las tenía rojas, blancas, pintas y rosadas, con unas hojas voluminosas y brillantes. Las canastas las colgaba de unos tubos de metal que le daban al lugar un inmediato tono festivo. Aquellas plantas servían como un imán, tan así que hasta para mami era inevitable no pararse a comprar la suya. 


En alguna oportunidad me tengo que haber antojado de una de sus plantas, porque la recuerdo diciéndole a mi mamá que la mía me la regalaba. Luego prosiguió a decirme cómo cuidarla, que si el agua, el alimento, la luz… y fue así como inconscientemente, Margarita sembró en mí una fascinación que luego mami continuó alimentando. 


Ya de grande, la primera vez que visité el Festival de las Flores de Aibonito, me antojé de una violeta africana de un púrpura intenso y unas hojas tan suaves como el terciopelo. Era una planta pequeñita, delicada, hermosa. Y no, no me duró nada. Por más que me gustara admirar la belleza de las flores y las plantas, tengo que admitir que durante muchos años las desvivía una tras otra con una facilidad fascinante.


Pero eso nunca me quitó las ganas de querer dominar el arte de las plantas. Sabía que si otros podían, yo también. Así que comencé comprando las pobres moribundas que la tienda ponía en clearance con el propósito de darles una segunda oportunidad. Poco a poco fui adquiriendo confianza en el tema, leía, preguntaba, unas lo lograban, y otras…


Desde suculentas, potos, plantas de goma, hasta la recientemente popular monstera deliciosa, las he tenido todas y muchas más, aunque tengo que admitir que son las orquídeas las más complejas y obstinadas. Yo no gasto en carteras ni zapatos, lo mío son las matas (como decimos en Puerto Rico), y mientras más curiosas mejor.


Hoy puedo decir con satisfacción que soy TODA una señora de las plantas, aunque la palabra señora es un poco fuerte para mi. Las tengo por todas partes en la casa, dentro y fuera. Son mi razón y orgullo, y digo con toda honestidad que hablo con ellas y que me hacen feliz. También las tengo en el trabajo, porque si no me puedo llevar a Lorenza, de quien hablaré en otro momento, pues por lo menos las tengo a ellas.    


Tú que me lees, date la oportunidad de rodearte de plantas; mejoran tu estado de ánimo, embellecen tu espacio y te harán sentir orgullos@.

 
 
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