top of page
Search

El Tío Benny y su quinta mágica

Writer: Zaimeé Bonilla
Zaimeé Bonilla
10 minutes ago
4 min read

Circa 1950´s. Tío Benny, mami (Millie), su hermana mi Tía Janette y Tití ¨Fela¨.


El otro día pensando en posibles temas para mi nueva columna, se escapó de algún lugar de mi memoria uno de los recuerdos más lindos de mi niñez. ¿Cómo no se me había ocurrido antes escribir de mi Tío Benny y su mágica quinta en el pueblo de Barranquitas?


Cuando crecemos somos presa de nuestros padres. A dónde ellos vayan, nosotros vamos, y para cuando era consciente ya de aquellas salidas, vivíamos en el pueblo de Naranjito. Yo era pequeña, cinco o seis años, tal vez menos, tal vez más; el asunto es que una vez, cada cierto tiempo, nos montaban en el carro y nos llevaban a mi hermana y a mí a través de tupidas carreteras, llenas de humedad y vegetación. No valía la pena preguntar para dónde íbamos, la respuesta de mi mamá siempre era la misma: ¨vamos pa´ viejo¨. Volteaba los ojos en evidente fastidio y continuaba mirando por la ventana lo que el paisaje me ofrecía hasta que por fin parábamos en algún lugar a comer frituras y tomar algún jugo del país.


Desde chica siempre he tenido buen sentido de dirección y cuando el carro volteaba hacia el otro lado en aquella intersección, sólo significaba una cosa, íbamos de camino a ver a Tití Rafaela y Tío Benny. Barranquitas era para mí como un paraíso. En el carro siempre había otro cambio de ropa, porque aquel día representaba todos mis deseos: bajar monte abajo por el cercado de las vacas, recoger fresas silvestre para luego comerlas con miel, jugar con la negra y antipática gata Tanca, caminar por el caminito angosto que no iba a ningún lado, y escuchar las fantásticas historias del Tío Benny.


La pintoresca carretera que nos llevaba hasta allá, pasaba por hermosos parajes que aún conservo intactos en mi memoria, incluyendo El Cortijo, la casa de Muñoz Rivera, el casco del pueblo con su hermosa plaza, la casa de las Miramelindas, entre otras. Tras curvas y más curvas llegábamos a aquel lugar que yo consideraba más un castillo que una simple residencia. Desde la entrada, las escaleras, el jardín, la terraza, todo era para mi hermoso, y sobre todo enorme. Nunca sabíamos por dónde empezar. Luego de los acostumbrados saludos, y de admirar por vez número mil el jabón acribillado por palillos de dientes y cubierto en hilo de tejer, buscaba a Tanca por toda la casa. 


La pobre gata parecía una bola gorda y peluda, completamente negra. Mordía la muy canija, y se escondía de nosotras con un sigilo monumental, pero yo siempre la encontraba. Luego del delicioso almuerzo, que consistía en pollo a la brasa y viandas, nos íbamos a la terraza a pelearnos por la hamaca, mientras el Tío Benny dormía su siesta. Una vez se despertaba le rogábamos que nos contara cuentos y nos llevara a caminar. Cansado ya por la edad, nunca nos decía que no. Nos llevaba por el camino angosto, nos hacía cohetes con las hojas largas del pasto y agarraba los pelos del alambre de púas para que entráramos a tocar las vacas del vecino.


Era bajito el Tío Benny. Tenía facciones curiosas, usaba lentes de pasta oscuros y eso lo hacía aún más entretenido de escuchar. Nos hacía reír con sus cuentos fantásticos pues tenía un talento increíble para

contar historias inventadas justo al momento. Hacía voces, incluía efectos especiales y ponía su toque de misterio, por eso escucharlo era siempre un deleite. 


En el barranco al frente de la casa, o en la finca en la parte de atrás había todo tipo de frutas tropicales incluyendo guamás, granadas, chironjas, y las pequeñas y jugosas ¨fresas¨ silvestres que eran como una especie de frambuesa. Bajábamos y bajábamos hasta que la intuición nos decía que no debíamos seguir. Húmedo o seco, aquel trecho de monte detrás de su casa era como entrar en el ropero de Narnia. Se podía convertir en exactamente lo que nosotras quisiéramos que fuera. Desde un reino con monarquía hasta un campo de guerra. Pero, como siempre, el problema no era bajar, sino subir. Una vez arriba comenzaban los regaños de parte de nuestra madre por lo sucio de la ropa, el tiempo sin regresar, o porque nos agarraba la lluvia. Tío Benny se metía como siempre a defendernos, que éramos niñas y que allí podíamos hacer lo que quisiéramos. 


Al caer la tarde usualmente llegaba la despedida, y como cada vez, no me quería ir. Aquel lugar era un remanso maravilloso que disfrutábamos todos, pero nosotras aún más. Abrazábamos a Tío Benny por la barriga y no lo queríamos soltar. Mi papá abría el baúl del carro para guardar no solo nuestros zapatos llenos de fango y la ropa sucia, sino también las verduras y las frutas que nos daban para llevar a casa. Guineos y plátanos verdes, panas, toronjas, chinas, granadas, guineos manzanos, entre otras delicias que una vez en casa mi mamá preparaba sin mucho esperar.


No me acuerdo en qué momento falleció Tío Benny, aunque sí recuerdo su funeral. Nosotras crecimos, mi papá murió, y los viajes a su casa fueron mermando hasta que ya no volvimos más. Lo curioso de todo es que la tía de mi mamá era su esposa Rafaela que era gemela con el Tío Rafael. Benny no llevaba nuestra sangre, pero hacía el papel de Tío de todos a la perfección.


Ya en mi adultez la quinta de Barranquitas la pusieron en venta. Aunque le rogué a mami para comprarla, ella nunca la vió con los mismos ojos que yo, y pasó a las manos de algún extraño que de seguro la disfrutó, pero nunca, nunca de la misma manera que yo.



 
 
 

Comments


Join my mailing list

Thanks for submitting!

© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

bottom of page