Historia...s
- Zaimeé Bonilla

- 4 days ago
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Antigüedad, vejestorio, vetusto, añejo, arcaico, anticuado, obsoleto… Siempre he sentido una inexplicable fascinación por las cosas viejas. Fotos, muebles, libros, casas, edificios, lo que sea, si es antiguo, llamará mi atención de inmediato.
No me inclino ni hacia la modernidad, ni hacia la tecnología, nunca lo he hecho y nunca lo haré. Soy fiel creyente de que las cosas se veían mucho mejor cuando se hacían a mano y en producción limitada. Eso incluye objetos que van desde lo más pequeño, hasta lo más grandioso, como el Coliseo en Roma o la Gran Muralla en China.
¨Eres una alma vieja¨, me han dicho algunos, y tal vez tengan razón, pero el tema de la reencarnación mejor lo dejamos para otro día. Esa hambre por conocer, o mejor dicho, por conectar con el pasado, no surgió así de la nada. Los libros de historia del arte, las revistas de National Geographic, y hasta el periódico que compraban en casa, fueron solo el comienzo.
La casa de mis abuelos en Río Piedras, con sus pisos en cemento hidráulico y las tejas sobre las ventanas tuvieron muchísimo que ver. Los álbumes de fotos en blanco y negro de aquella familia que nunca llegué a conocer, pero que conecta mi linaje con la Galicia del 1800. Los cuentos de mi abuelo y su insistencia en decir que era yo ¨la misma Prudencia¨, refiriéndose a mi parecido con su mamá, al punto de ponerme de sobrenombre ¨La Gallega¨.
Mis padres también tuvieron mucho que ver. Aunque nunca fuimos gente de dinero, recuerdo claramente nuestras visitas al Viejo San Juan. Chiquita, caminando de la mano de mi papá, quien evidentemente era amante de lo viejo, así como yo. Aquellos paseos que guardo muy adentro, me abrieron la puerta a un mundo nuevo. No era simplemente estar allí, era la conversación que venía acompañada al estar frente a lugares emblemáticos como la Catedral de San Juan, la Capilla del Cristo, El Morro y hasta el Parque de las Palomas. Escuchar aquellas lecciones de historia era exageradamente valioso para mi, y establecieron el cimiento para la persona inquisitiva que soy hoy.
Cada caminata por aquellas calles, los tropezones por el desnivel de los adoquines, el trolley de la Goya, que nos llevaba sin puertas ni ventanas hasta la Plaza de Armas, y que hasta donde me llega la memoria, servía de casa a los escaparates de la tienda Gonzalez Padín. Cada paseo me hacía querer más. Luego vinieron el Museo de Arte de Ponce, el de la UPR en Río Piedras, y todos aquellos recovecos que si menciono nunca acabo como las calles de Miramar, las de Santurce, las de Condado…
Con mami conocí Ponce y Mayagüez. Y aunque Las Delicias, el Parque de Bombas y Serrallés me embaucaron, mis ojos necesitaban ver más. Por eso, después de haber sobrevivido el Y2K, en el verano del 2000, les vendí a mis amigas de la universidad el sueño de irnos a estudiar a España. Y fué así como Tay, Marie y yo, con el Jesús en la boca y unas expectativas infinitas, nos montamos en un avión para conocer Europa por primera vez. ¿Qué teníamos? 19, 20 años, no más de eso.
España nos abrazó de inmediato. Sin GPS, y mucho menos teléfonos inteligentes, llegamos a Madrid con una guía de España que compramos en alguna librería en Puerto Rico y que no sabíamos ni leer de lo compleja que era. Aún no llegaba el Euro, y todo se pagaba en pesetas. Los teléfonos funcionaban con una tarjeta de microchip que costaba una ¨pasta¨. Caminamos hasta el cansancio, pero con los ojos llenos de tanta historia que era imposible no estar feliz.
De allí llegamos hasta Toledo, en la Fundación Ortega y Gasset. Si en aquel momento necesitaba una dosis de arte e historia, aquel era en definitiva el lugar. Una ciudad medieval en tiempos modernos, ¿así o más vieja?, era lo que parecía decirme el destino. Callecitas de piedra, edificios de todas las arquitecturas posibles desde romana hasta sefardí. Espadas y más espadas, armaduras, escudos, bayonetas, y un sin fin de museos imposibles de recorrer aún con todo el tiempo con el que contábamos.
Durante la semana tomábamos clase. Yo participé de dos cursos, uno de Historia de España desde la Guerra Civil hasta el presente, y uno de Literatura Hispanoamericana del mismo periodo histórico. Hubiera querido tomar más, pero ese era el límite. ¡Qué maravilla de clases! Claro que el profesor de literatura ¨tested me the first day” diciendo que venía de la Isla del statu quo, cosa que me hizo rabiar.
Los fines de semana, y con el poco dinero que llevamos, íbamos a visitar distintas partes de España, desde Sevilla hasta Valencia. Aquellos viajes eran la gasolina que nos hacía estudiar durante la semana. Eran como un premio: el Acueducto de Segovia, la Universidad de Salamanca, el Palacio Real en Madrid, El Escorial. Visitamos El Prado, el Reina Sofía, la Plaza Mayor, el Kilómetro 0 y el famosísimo Corte Inglés. Admiramos El Greco, el Guernica, la Plaza de España, entre otras tantas maravillas.
El asunto con los fines de semana era el siguiente, yo me tenía que leer una novela cada semana y escribir un ensayo que desde luego comenzaba cuando llegábamos a la Fundación el domingo, y terminaba de madrugada el lunes. ¨Have I ever mentioned that procrastination is my second name?¨
Nos quedamos a dormir en pensiones que era imposible no rentar. Pagamos tan poco por un cuarto con baño y ducha comunal. Una regadera cuyo espacio no medía más de 24¨x 24¨, sin cortina, por cierto. Airbnb no tiene absolutamente nada en comparación con aquellos hostales donde pasamos noches en vela pensando que alquien entraría por la puerta. Fueron demasiadas las risas, muchas más que los corajes o el mismo miedo de estar solas en otro país.
El tiempo se nos pasó tan rápido que en cuestión de nada ya era hora del tan odiado regreso. Tuve la opción de quedarme para el semestre que comenzaba en agosto. El dinero lo tenía, lo debí haber hecho. España era exactamente lo que siempre había soñado. Era esa mezcla de antigüedad con ensueño. Era el Tinto de Verano para refrescarse del calor, la tortilla de patatas recién hecha y los churros con un chocolate tan denso como la miel. Era la siesta de las dos y las comidas tarde en la noche; eran las conversaciones, los libros de venta en la calle, las campanas de la catedral.
España despertó en mí curiosidades y sueños que no sabía que tenía. Aquel viaje me dejó claro varias cosas: que la sangre llama; que hiciera lo que hiciera con mi vida, algún día regresaría; que la historia nos marca, nos transforma, la nuestra y la de los demás. Y por último, reafirmó la pasión que siempre he sentido por esas cosas, esos lugares, ese arte que lleva consigo siglos acumulados, y que aprecio y disfruto tanto.
He regresado varias veces a España, a vivirla, a sentirla, pero ninguna se compara con aquella primera vez. Si nunca haz ido, ¿qué esperas?. Si la haz visitado sabes que te mueres por volver...




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