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El primer día de escuela

  • Writer: Zaimeé Bonilla
    Zaimeé Bonilla
  • 2 days ago
  • 3 min read



La escuela, maravillosa institución, legendaria, creadora de cuentos, de historias…formadora de profesionales, impulsora del intelecto y del pensamiento crítico. No puedo recordar una sola vez en que no me haya gustado la escuela, pero mucho de eso tiene que ver con la manera en la que mi mamá nos la presentaba, con respeto, con amor, como una oportunidad.


Recuerdo de chica cuando mi hermana comenzó el primer grado, y yo juraba que iría con ella sí o sí. Lloraba por la separación, pero también por la injusticia de no tener yo también la oportunidad de estar en aquel maravilloso lugar lleno de pupitres, letras y números . Para aminorar un poco la cosa, mami me cosió un uniforme y me compró una mochilita que llené con una libreta, un lápiz y maybe, un libro de colorear. Caminaba hasta su salón, y me sentaba yo también, queriendo que aquel instante se extendiera lo más posible. Luego por la tarde, en la mesa haciendo la tarea, trazando líneas, escribiendo mi nombre mientras ella sumaba y escribía oraciones.


Si, estoy hecha diferente, pero se lo tengo que atribuir a mi mamá, que cada agosto nos llevaba a comprar los materiales escolares a dónde los podía costear. Llegábamos al pueblo de Río Piedras, al famoso Paseo de Diego que en aquella época era todo un centro comercial lleno de tiendas, kioskos, joyerías y restaurantes. Tengo vivo el recuerdo de ella parada en la entrada de Capri y allí se detenía unos segundos y nos decía: ¨Mmmm huelan que rico el olor de las cosas de la escuela¨. Acto seguido, con el shopper en la mano, agarraba las cajas de crayolas

y las olía, hacía lo mismo con los lápices y con las libretas, que las abría y le pasaba la mano para sentir aquella textura lisa.


Allí también visitábamos las tiendas de zapatos, alguno que otro 5 y 10, los telares con vistosas y únicas telas para uniformes, los puestos de bisutería y hasta el Orange Julius. Río Piedras era como un paraíso escondido en medio de una cerrada y calurosa ciudad. Aquellas calles las recuerdo con infinita melancolía, desde el olor del carrito de hot dogs, el hule de Humberto Vidal, las abejas zumbando alrededor del vendedor de piraguas, y hasta los altavoces de Almacenes Riviera.


Una vez en casa lo poníamos todo encima de la cama para poder admirarlo en detalle. Era un ritual sagrado que silenciosamente alimentaba en nosotras el deseo de que llegara el tan esperado primer día de clases. Luego, lo poníamos todo de vuelta en bolsas que no se volvían a abrir hasta días antes del comienzo escolar.


Aquella semana era mágica. La expectativa del primer día era y aún sigue siendo exageradamente alta. Mami forraba las libretas con precisión y detalle. Le ponía nuestro nombre a absolutamente todo, desde el sacapuntas hasta la mochila. Planchaba nuestros uniformes y buscaba un lazo que combinara con aquel atuendo multicolor.  Mi papá le sacaba punta a los lápices con un viejo sacapuntas de manivela que aunque lleno de moho, dejaba las más afiladas puntas. Él también arrancaba una muesca de la madera y con sumo cuidado escribía nuestros nombres. Si repetíamos zapatos, los lustraba con betún hasta sacarles brillo.


La noche anterior todo estaba puesto en su lugar para en la mañana no perder el tiempo. Las mariposas atacaban el estómago, pero era imposible no desayunar en mi casa. Una vez vestidas y cuidadosamente peinadas, mami nos sacaba la emblemática foto del primer día al lado de la columna en la marquesina, en frente de la planta de trinitarias o en el pasillo. Nos montábamos en el carro y yo olía por última vez el interior de mi bulto. Aquel aroma inevitablemente desaparecería en un par de días, y yo desde ya lo echaba de menos.


Siempre sentí orgullo por la nitidez en la que mantenía mis útiles escolares, con decir que aún conservo cosas de aquellos años que ni el tiempo, ni mi corazón han permitido que se pierdan en el olvido. Desde mucho antes de que el destino pusiera delante de mí la posibilidad de ser maestra, cada año en agosto y aún sin realmente necesitarlos, comparaba uno que otro útil escolar y olía sin vergüenza ninguna los crayones, los cuadernos y los lápices.


Hoy soy yo la que maneja docenas de ellos no sólo en agosto, sino el resto del año. Aún tomo las fotos del primer día, como acostumbraba hacerlo mi mamá. Quiero y respeto la escuela no sólo por ser parte inevitable de mi trabajo, sino por ser ese lugar que me permitió vivir un sinnúmero de experiencias, desde las más simples hasta las más complejas. Yo viví la escuela siempre de una manera distinta, desde el corazón, y es esa la forma en la que quiero que la recuerden no solo mis hijos, sino también mis estudiantes. 


¡Qué viva por siempre el primer día de clases!



 
 
 

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