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Convergencia

  • Writer: Zaimeé Bonilla
    Zaimeé Bonilla
  • Jun 18
  • 5 min read

Sus pasos estaban acompasados por la música que escuchaba a través de los audífonos. No se había dado cuenta aún, pero no era necesario; caminaba ligera, como el viento que soplaba al mediodía por las calles de la ciudad amurallada. El sol brillaba con intensidad tropical, brutal. Era verano, día de semana, y la calle estaba en su máximo estado de ebullición. Tráfico en todas partes, turistas con sus cámaras en mano, cruceros en la bahía…


Ella no lo sentía. Caminaba con rumbo, acostumbrada a aquellos momentos de infinita exaltación que le provocaban desagrado después de varios años trabajando en aquel lugar. Lo había visto todo, o casi todo: fiesta, violencia, silencio, lluvia. Aquel era pues, un día más en su rutina. Oficina - almuerzo - oficina - casa. 


No eran usuales los momentos de soledad. Metida en una oficina cumpliendo con su 8 a 5, debía compartir espacio, música, conversaciones, teléfono. Por eso cuando podía, se desconectaba por completo de todo tipo o forma de comunicación para simplemente ser. Y era. Caminaba con entera confianza por aquellas calles cuyos balcones coloniales le regalaban color, con la intensidad que solo otorgan las bugambilias en flor, y movimiento, con los sigilosos pasos de un centenar de gatos realengos maullando por comida.


La mañana había sido tranquila, pero estaba segura de que la tarde no lo sería. Llegó temprano con su acostumbrada parsimonia. Luego de los cotidianos buenos días, bajó al primer piso por un café y el periódico, hoy no había tiempo para Starbucks. Llegó a su escritorio, contestó e-mails, llamadas, participó de reuniones. Así que en vez de quedarse cerca del emblemático Edificio Ochoa, decidió alejarse más allá de su acostumbrado perímetro.


Desde la otra acera, unas cuadras más arriba, él se preparaba para salir a almorzar. Ataviado en un traje que de italiano no tenía nada, pero que era sin duda perfecto para su figura. Revisaba su agenda y se preguntaba cuándo llegaría el día en que todos aquellos pendientes desaparecerían con tan solo chascar los dedos. Era alto, esbelto, con su cabello negro y unas cejas pobladas que denotaban de alguna forma su linaje español. 


No tenía prisa, conocía la ciudad como la palma de su mano y sabía que si salía justo a las 12 no había manera de encontrar ningún lugar disponible. No creía en eso de llevar almuerzo, pensaba, desde su inmadurez financiera, que para eso trabajaba y por eso salía a diario a recorrer las calles buscando un lugar donde comer. Esas caminatas le permitían poner sus ideas en orden, respirar otro aire, aunque a veces oliera a basura, a gato, a cerveza fermentada, y si tenía suerte, a salitre.


Sabía que hoy la ciudad estaría atestada, por eso cuando miró el reloj y vió que faltaban quince para la una, cerró su computadora y ordenó meticulosamente su escritorio, pues odiaba llegar a una mesa desordenada. De salida se encontró con varios colegas que regresaban de almuerzo. Cruzó algunas palabras con ellos, los típicos ¿no has comido aún?, la calle está imposible, y el que nunca faltaba: buena suerte ahí. 


El umbral estaba brillantemente iluminado, y desde allí se sentía el vapor que de la calle subía. Al salir del elevador no pudo más que fijarse, cómo lo hacía cada vez, en el piso de mármol al estilo ajedrez, evidencia de los siglos que se cargaba aquella estructura.  No estaba listo para el calor, pero salió de todos modos, sin rumbo. Bajó la calle tanteando el terreno mientras pensaba que debió quitarse la chaqueta antes de salir.  Con paso rítmico arregló su cabello y continuó calle abajo relajado, tranquilo, seguro de sí mismo.


Ella decidió que hoy sería el día perfecto para comer en aquel lugar que se ubicaba cerca de la Plaza de Armas. Aquel, el del callejón, donde comías en la acera peleando con las palomas. Él, por otro lado, sintió que comer cerca de la bahía le sentaría bien. Tenía tanto en la cabeza que necesitaba distraerse aunque fuera viendo a la gente pasar. Ella subía, él bajaba, absortos, envueltos en lo suyo, en las cuestiones de la vida. Esquivaban la gente, los carros, los gatos. Sorteaban sus pensamientos, tomaban decisiones, y de vez en cuando sonreían.


Ella esquivó la calle principal, prefería caminar por la Recinto Sur.  Por alguna razón admirar la arquitectura de aquella vía le daba sentido a su caminata diaria. Él por su parte, caminaba más a gusto por la calle de la Cruz, aunque para su desgracia hoy hacían mejoras y tuvo que desviarse por la Tetuán. Cambió de acera mientras contestaba una llamada que en definitiva no podía esperar, y mientras cortaba miró hacia arriba para admirar el edificio del banco. 


Al llegar a la plazuela, ella vio el letrero del piano bar y se preguntó, como siempre, por qué nunca había entrado. Miró hacia arriba, el art deco de la fachada del banco siempre la transportaba a un San Juan que sólo existía en su mente. Entonces, pensó que subir por la calle Tizol la llevaría a su destino mucho más rápido, igual estaban haciendo mejoras más arriba y se evitaba el tener que devolverse.


En la esquina de la Tetuán con la Tizol, él cambió nuevamente de acera y la brisa del mar, que era más fuerte de lo usual, hizo que su corbata se elevara cual cometa en vuelo. No había abrochado su chaqueta, y las esquinas del bajo comenzaron a moverse imparables. Teléfono en mano, trataba de acomodarlo todo. Ella se acercaba a la arista* del edificio y sintió como el viento comenzaba a levantar su falda con animosa perversidad. Se preguntó por qué, de todos los días de la semana, había decidido que hoy era un buen día para ponerse un vestido.


Fue entonces cuando el pie derecho de ambos dio el último paso antes de converger.  Al llegar a la esquina sus cuerpos se encontraron, no fue un choque brutal, pero fue lo suficientemente fuerte como para que ambos sacudieran el marasmo que les acompañaba hasta entonces. Allí en plena vía, uno frente al otro, se miraron a los ojos, respiraron el mismo aire, pero no pudieron hablarse. Una especie de energía los mantuvo juntos por fracciones de segundo. La gente seguía pasando, la brisa continuaba soplando, el bronce continuaba brillando, pero ellos no lo sentían, el mundo se había detenido


—Lo siento— se dijeron finalmente. Se separaron, aunque no era en absoluto lo que ambos deseaban. Él se acomodó su corbata, ella las arrugas de su falda y decidieron, con solo verse, que ya era tiempo de cada cual seguir su camino. No hubo palabras, no hubo preguntas, sólo los sonidos de la calle que regresaban a sus oídos como prueba de la realidad que les rodeaba.


Ella continuó calle arriba. Mirándose como siempre hacía en los cristales del banco, se cuestionaba por qué no pudo decir nada cuando tuvo su rostro solo a pulgadas de su boca. Él volteó a verla. Incrédulo ante su falta de acción se detuvo, miró su reloj y pensó que si el destino realmente estaba de su parte, en definitiva la volvería a ver. Y así siguieron, uno calle arriba, el otro calle abajo, sabiendo que la suerte sólo existe para el que la busca, porque el que la tiene, no lo sabe.



*Línea que resulta de la intersección de dos planos.

Sin. esquina, ángulo, saliente, borde, filo.



 
 
 

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